Por Dalila Huitz

    La falsificación de los perfiles es lo que más le preocupa a una adolescente de 19 años con quien estuve conversando sobre redes sociales, antes de iniciar mis primeras líneas en este espacio.  No soy escéptica a las redes, incluso, les di la bienvenida a mi vida periodística en cuanto aparecieron y me convencieron de abrir mi perfil de Facebook y Twitter. 

    Las redes sociales entraron sigilosamente a la vida de miles de personas que hoy reciben desde saludos, memes y videos, hasta extorsiones, amenazas y cuanta cosa sea necesaria con tal de obtener algo, se trata del famoso “like”, el corazón de “me gusta”, también hay un espacio para comentar, y la podemos acompañar de los populares emojis, los cuales también abonan a la demostración de aprobación o descontento de algo que escribimos.

    Pero más allá de lo bonito que se pintan las redes para atraparnos en su telaraña, también han servido para destruir la credibilidad de personas y familias.  Atacar en redes es muy fácil, y más si es desde un perfil falso, con argumentos vanos y falaces que solo buscan la confrontación.

    Ser anónimo en Twitter es muy sencillo, medias verdades posteadas con supuesto enojo o falsedades repetidas constantemente para hacerlas verdades son parte de la táctica de muchos que dicen en su interior “nadie me ve, nadie sabe quién soy”, qué pena, qué vergüenza, se olvidan que existe una ley de siembra y cosecha, y todo lo que el hombre sembrare eso también segará.

    Hace un mes, La Asociación Artículo 35, en un comunicado llamó a los medios de comunicación a no desinformar a la población que tiene derecho a recibir noticias basadas en hechos comprobables, hoy me sumo a ese llamado para llamarlo a usted a reflexionar sobre cuánto tiempo de su día invierte en leer perfiles abusivos, que no solo nos dividen como nación, sino que toman ventaja de la época electoral.

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