Fundamentalismos en el siglo XXI

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Por Mauricio Chaulón

Escribiendo en Vox Populi

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Las y los historiadores decimos que los siglos no están formados de años sino de hechos, acontecimientos y sucesos. El tiempo que estos permanezcan, nos da una idea de lo que dura un siglo. Por lo tanto, hay siglos con más de cien años, porque sus características se extienden en las relaciones sociales, sobre todo cuando desde las ideas se trasladan a la estructura social y a la cultura. Como bien escribió Miguel Ángel Asturias al inicio de la Leyenda del Volcán, en Leyendas de Guatemala: Hubo en un siglo un día que duró muchos siglos.

Hoy, en el año 19 del siglo XXI, resulta que en Guatemala una asociación de determinadas ideas sobre la familia, la religión, el género y la sexualidad hace que quince partidos políticos firmen un acuerdo de compromiso para seguir sus lineamientos. Y todo, con el objetivo de que estos ganen capital político traducido en votos, en simpatías y en legitimidad disciplinada, y los otros aseguren una sociedad conservadora garantizada desde la seguridad del Estado. Eso no tiene otro nombre más que fundamentalismo. Y todo está ocurriendo en el supuesto momento de los más grandes avances tecnológicos, que incluso nos permiten obtener información desde los lugares más distantes del planeta o hasta de los agujeros negros a varios millones de años luz de distancia. Pero las mentalidades es lo más lento en transformarse, dijo acertadamente el historiador Fernand Braudel, por lo que si las relaciones sociales de producción siguen estableciéndose a partir de intereses arcaicos, no importa cuánto hayamos avanzado en condiciones materiales: todo el capital ganado va a los bolsillos de minorías que gobiernan y administran con métodos que se supone eran del pasado y con ideas que siguen causando miedo sin ningún fundamento científico.

El problema es que esas mentalidades conservadoras hacen política, la diseñan, le dan forma y la ejecutan, porque tienen el poder para hacerlo. Al final de cuentas, el poder no vale por tenerlo sino por ejercerlo, y vaya si no es lo que están haciendo los grupos más dominantes en el país. El filósofo Michel Foucault no se equivocó al afirmarlo a lo largo de todos sus estudios sobre el poder, los cuales son referentes para cualquier persona que desee estudiarlo en serio.

Cualquiera tiene el derecho de pensar como considere, siempre y cuando no le haga daño a nadie. Pensar diferente no es el problema. Lo malo comienza cuando se pretende imponer cómo pensar, y la situación se agrava en el momento en que determinada idea se impone como la única. Esto no permite el pleno desarrollo ni de las ideas ni de la vida misma. Todo se limita y se genera violencia, ya que el temor, la incertidumbre y la neurosis hacen presa a la persona, ya que su naturaleza se niega, y se termina por dañar. Esto es la más pura contradicción, ya que las y los seres humanos nacemos libres y nuestro ser natural es ese: la libertad. Por supuesto que esto no significa, insisto, de que podamos hacer lo que queramos pasando sobre las y los demás. La libertad debe ser responsable y ejercerse de manera colectiva. Quiere decir que para ser individuos necesitamos ser en colectivo y respetarnos, porque sólo de esa manera el ser individual no se confundirá con el individualismo, el cual ya es explotador, egoísta y agresor.

Esa limitación de la naturaleza humana es contraria al buen vivir, y es también antagónica de la diversidad. Vivimos en diversidad, eso es innegable. Y ninguno de los firmantes de ese retrógrado y abusivo pacto que la Asociación La Familia Importa promovió con el concurso de los sectores más recalcitrantes del conservadurismo cristiano eclesial, está exento de las distintas formas de familia que existen, ni de la sexualidad diversa que hay. Asimismo, la doble moral en el manejo de sus cuerpos es un hecho, aunque no lo digan.

Históricamente, se ha impuesto determinada forma de familia de acuerdo a las relaciones sociales de producción para que estas funcionen, determinándose procesos de dominación a través de ellas; asimismo, las concepciones del género, la sexualidad y los cuerpos también están ligadas a ellas. Eso no ha evitado que las personas busquen otras parejas, rompan las uniones que han establecido, la diversidad sexual deje de existir o el deseo de no ser ni madre ni padre. Y para nada todo esto debería de ser un problema. Por supuesto que la maternidad y la paternidad deben ser con responsabilidad, pero también con la plena decisión de serlo, no por obligación de ninguna forma. Y las niñas, los niños, las y los jóvenes menores de edad ni siquiera deberían de pasar por esa turbulencia. De la misma manera, la decisión de cómo llevar la vida privada de relación de pareja y la sexualidad es algo que compete sólo a la persona. Lo que necesitamos es, insisto, la infraestructura educativa, ética, de salud física y mental-emocional, así como la institucionalidad de políticas públicas de protección, salud, educación, discusión y diálogo permanentes que nos garanticen que cualquier decisión que tomemos al respecto sea llevada con responsabilidad, con amor y con plena conciencia de causas y efectos. Pero lo que menos necesitamos es la condena y la sujeción a una sola forma de ser y de pensar. Y menos a través de discursos religiosos que hacen más difícil ver las agudas consecuencias de los fundamentalismos.

Porque todo fundamentalismo nos deshumaniza en favor de que otros mantengan el control sobre las mayorías. Por ello, observamos el avance de fundamentalismos en el siglo XXI, ya que las mismas contradicciones del sistema capitalista ponen en la más férrea defensiva a quienes obtienen de él la máxima ganancia no sólo económica, sino en todos los órdenes: político, social, cultual y simbólico.

Los fundamentalismos generan autoritarismo y contradicciones que nos llevan a los enfrentamientos, a la agresión hacia uno mismo y a las otras y otros, y es desde ese sentido que vemos también cómo crecen esas formas autoritarias de conducirnos. No es casual.

No hay una sola forma de familia que puede significarse como la “responsable” o válida, y ninguna de las que existe es dañina.

No sólo la heterosexualidad es lo legítimo para las relaciones sexuales de pareja, y ninguna de las expresiones diversas en ellas es dañina.

Decidir ser padre o madre, o decidir no serlo, es un derecho.

Decidir interrumpir el embarazo o decidir continuar con él son derechos ambos.

Lo dañino es violentar e instrumentalizar cualquiera de estas situaciones, y no brindar la infraestructura pública para ser en plena formación, información, educación, ética y seguridad social y jurídica en cualquiera de ellas.

Los fundamentalismos del siglo XXI crecen, y son un verdadero peligro.

Los fundamentalismos son imposiciones, y con lo impuesto, la humanidad deja de ser plenamente.   

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