Un espray “antiperiodistas” en medio de la pandemia

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Por Raúl Barreno

Escribiendo en Vox Populi

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El  pasado 18 de marzo al salir del Congreso de la Republica el presidente Alejandro Giammatte fijó su postura respecto del trato que le daría a algunos medios de comunicación y periodistas durante la crisis de la pandemia de Covid 19. Le lanzó a un grupo de colegas que cubrían la nota en el hemiciclo un espray “antiperiodistas”. Todos, sus amigos o seguidores rieron no por casualidad, sino porque se sintieron respaldados por quien ostenta la primera magistratura del país. Les dio el respaldo perfecto para hacer lo que quisieran a partir de ese momento. Legislar para luego gastar a manos llenas y evitar la toda costa la fiscalización.

Entonces, entre broma y risas de los acompañantes, el mandatario dejó claro cuál será el trato a algunos medios y periodistas durante la pandemia. Nada nuevo. Nada diferente, en la percepción de muchos, para el político que durante 20 años corrió por la presidencia hasta lograrlo. Desde aquel día se mostró tal cual con la prensa independiente. Mostró que le enfadan las críticas, las notas de investigación, que incluso, las tacha como chismes de cantina.

Sin embargo, en pocas conferencias de prensa con posibilidad de preguntar directamente, sus respuestas a temas trascendentales por investigaciones periodísticas han sido el enojo o el ataque. Esas investigaciones siguen ahí, a la deriva de una respuesta oficial certera y concluyente. No las ha aclarado con fundamento, sino con bilis.

Desde aquel día el mandatario dejó claro que el camino para los medios independientes sería difícil e investigar la gestión en tiempos de pandemia sería una tarea mucho más complicada.

Para los periodistas guatemaltecos ha sido difícil la fiscalización más no imposible. Las trabas, los secretos, la falta de respuestas en los canales oficiales son una constante que entorpece. ¿Será a propósito o por falta de experiencia? Quizás el tiempo va dando las respuestas a esto, porque es evidente que asesores que niegan que lo sean, pero participan en reuniones de gabinete, dirigen esa política de atacar al periodista, o al medio, que intenta descubrir la forma en que manejan la información (o la esconden). De la nada, o dirigidos, aparecen los sicarios cibernéticos, para tratar de cambiar la opinión de las personas con las notas que se publican.

Rociar el espray “antiperiodistas” no fue un asunto simbólico, sino una advertencia, una amenaza, un mensaje claro para quien se atreva a investigar y revelar los negocios. Fue un mensaje contra la libertad de expresión de todos y todas y no solo de los periodistas. Ese aerosol llevaba un mensaje claro cuando comenzó la pandemia y su gestión. Y hacerlo en el Congreso confirmó la alianza que pactaron para beneficiarse y beneficiar a quienes les financiaron.

Aun así, las preguntas rondan: ¿Es este un gobierno transparente? ¿Es honesto? ¿Maneja la crisis pensando en quien más lo necesita?

En ese uso del derecho universal a la libertad de expresión, que no es exclusivo de los periodistas, sino de los seres humanos, han salido a luz una y otra vez las opacas formas de hacer política y administrar los recursos en tiempos de pandemia.

La democracia de un país se construye, entre otras muchas cosas, por la libertad de la prensa, de los medios, de los ciudadanos a expresarse tranquilamente sin ser perseguidos. Sin embargo, hoy, este derecho está amenazado no solo por quien ostenta el poder sino por el ejército de empleados invisibles, que desde las redes quieren negar, ocultar o amenazar las publicaciones.

Ese ejército invisible que lo vanagloria, que persigue a quienes piensan diferente, inventa y calumnia desde el anonimato.

Con todo esto las cosas siguen abiertas para hacer periodismo libre, transparente, aun con las amenazas que representa. Hay quienes a diario se esfuerzan en este oficio y desde plataformas independientes, sin financiamiento alguno, logran poner los puntos sobre las íes. Alumbrar hacia la oscuridad para que se abran las investigaciones legales correspondientes.

La democracia, esa que cacaraquean los políticos en campaña, se fortalece con la libertad de expresión. Entre más se audita más se logra avanzar a una sociedad más justa, y, sobre todo, para que los recursos se usen como corresponde.

El 2015 dejó como mensaje para las futuras generaciones que la unión entre las entidades que investigaban, y los medios que, con pruebas se atrevieron a publicar, es bueno, es importante, es trascendental. El costo económico para algunos medios fue fatídico, por los cercos económicos.

La corrupción, la impunidad, la transa y las mafias, se combaten con libertad de expresión, aunque el costo sea alto. No cabe duda. El aerosol “anti-periodistas” no fue algo simbólico sino la advertencia de lo que depara cuando pase la crisis sanitaria.

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