Vivir el periodismo en un país con narcopolíticos

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Por Wendy Funes

Escribiendo en Vox Populi

redaccion@voxpopuliguate.com

“La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Mi corazón suele latir muy fuerte cuando tengo una primicia, es una sensación inexplicable, me ha pasado en todas las salas de redacción donde he estado. No puedo olvidar que esa tarde subí las escaleras con la respiración entrecortada. Sentía como si llevaba los pálpitos en los oídos. Entré a la sala de redacción, larga, con computadoras modernas para la época, dispuestas en círculo y con paredes de cristal, la música de las teclas de computadoras y al fondo el ruido de noticias de distintos canales. Cada mesa nueva con faroles colgantes, piso reluciente.

Creo que ni siquiera había almorzado, pero no tenía hambre porque estaba sobreexcitada por un nuevo hallazgo. Había pasado varias horas en una entrevista. Ahí estaba, pequeñita en aquel salón enorme, tan grande como mis ansias novatas por sacarme las cinco columnas para así cambiar todo lo que estaba mal.

Cuando miraba las señoras en el hospital Escuela, los niños inhalando pegamento con los pies descalzos y la cara ensangrentada por golpes, al señor que llevó el cadáver de su hijo en un ataúd de madera, dentro de un autobús interurbano porque no tenía como volver a su lugar de origen; ahora que soy periodista lo voy a transformar desde el periodismo, pensaba.

Yo no sabía entonces cómo esa tarde la censura se me iba a poner de frente, ya no de manera sutil, para empezar a desmembrar mis sueños y cómo ese momento, que era solo el primero de muchos, me colocaría en el camino que me llevaría a convertirme en una proscrita del sistema de propaganda acostumbrada a regodearse con el poder.

Era 2003 o quizás 2004, han pasado tantos años, pero ese instante se quedó para siempre y vuelve en mis noches de insomnio. Como muchos más. Una canción de Mercedes Sosa dice que “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”. Aún con todo eso, creo que es verdad, los periodistas que traemos esta pasión desbocada por el oficio amamos cada segundo vivido en el periodismo.

Yo volvía del Comité para la Defensa de los Derechos Humanos (CODEH), había estado horas escuchando a Andrés Pavón, con la credulidad de una reportera neófita en una fuente que se vende como un auténtico defensor de derechos humanos.

Me habló de cómo Honduras se encaminaba a ser uno de los países más violentos. Por la cantidad de homicidios, ya figuraba en el segundo lugar en la región latinoamericana. Con la pasión que despierta una noticia, le pedí documentos de respaldo, sus análisis y explicaciones que sustentaran los gráficos con curvas ascendentes. Hablamos varias horas, lo entrevisté tratando de encontrar dudas o contradicciones. Me dio todos los respaldos en un “disquete”.

-Sí ya lo sabemos, me dijo mi editor cuando se lo conté, pero acaba de llamar Óscar Álvarez -era el ministro de seguridad de la época- y pidió que empecemos con la versión de él, entonces dele vuelta a la nota. A menudo cuando recuerdo esos segundos, imagino que mi semblante cambió de manera abrupta.

–Voy a hacer lo correcto y usted la manipula, le contesté descorazonada, a mi editor.

Me senté ofuscada a escribir en aquella esquina de siempre desde donde veía un guanacaste de flores anaranjadas gigantes y podía dejar un poquito el teclado para ver el atardecer o para inspirarme hasta que la censura y la rutina me hastiaron y me hicieron descender a un naufragio profundo de permanente fracaso por la desesperanza en el periodismo de Honduras. Me fui de esa sala de redacción. Renuncié.

Hubieron de pasar muchos años para que las heridas que me ha dejado la censura se convirtieran en un impulso. Un impulso que se hizo más fuerte al ver el dolor que provocó un golpe de Estado en Honduras, la instalación progresiva de una dictadura, apoyada por Estados Unidos, la consolidación de la narcopolítica gracias a la histórica estructura de corrupción e impunidad, asesinatos de periodistas y lo más indignante un cerco de mentiras mediáticas. Toda esa mezcla condujo al país a tener las altas más tasas de violencia homicida en el mundo entre 2010 y 2016.

Ha habido poco periodismo desde el Golpe de Estado y el de investigación siguió siendo un proceso embrionario. Las noticias que promocionaban como investigación después del Golpe quedaron reducidas a filtraciones de los cuerpos de seguridad estatal o de la embajada para criminalizar a sectores de la denominada Resistencia o de movimientos populares.

La desilusión, la asfixiante censura, las mentiras diarias al pueblo provocaron que me rebelara, harta del tráfico de información y así en 2011 mi vida dio un vuelco, me expulsaron de la televisión y de los medios comerciales en los había hecho carrera. Empecé a ver cómo me cerraban puertas y hasta me acostumbré a que me dijeran que no mucha gente que antes me había ofrecido empleo. Unos años después cuando me han pedido volver, he sido yo la que no creo en ese obsoleto sistema con desfasadas rutinas de producción de información.

Por aquellos días, mis hijos de seis y cuatro añitos solían platicarme que les decían que yo había hecho algo muy malo, una cosa que se llamaba sindicato, mi familia me lo reprochaba también porque querían verme nuevamente en la televisión; la gente se cambiaba de acera o me saludaban y felicitaban a escondidas por mi valentía, yo estaba convencida que hice lo correcto porque siempre pensé que al armar un sindicato de prensa podía exigir libertad para informar.

Quizás no hubiese superado la estigmatización sino hubiera sido porque nunca dejé de hacer periodismo y por la solidaridad, el apoyo de muchas manos me ha ayudado a cicatrizar.

En vez de quedarme sintiendo la pena de ver cómo los periodistas tenemos miles de amigos con la fama, sin importar si decimos la verdad, aún las fuentes que están dispuestas a darnos información, muchas lo hacen si estamos en un medio comercial y a pocos les importa si cumplimos con nuestros deberes deontológicos y éticos y en vez de amedrentarme mientras asesinaban periodistas y se profundizaba el control de la prensa hondureña por parte del gobierno; esta vez decidí derrotar mis miedos y enfrentarme a la censura.

No es fácil porque es derrotar el control de la prensa mientras en el país arrecia porque se expande la dictadura y la narcopolítica, pero en el camino me he ido encontrando periodistas ejemplares que son una fuente de inspiración permanente.

El reconocimiento para un o una periodista estigmatizada puede hacer la diferencia, aunque muchos dicen que el buen periodista rehúye al reconocimiento y quizás tengan razón, hay que estar en los zapatos de una persona que se siente proscrita o como si tuviera lepra porque no se acomodó, porque quiere decir la verdad y que sufre porque al rebelarse a la censura no le permitieron disfrutar de algo que tanto amaba.

Entonces hay que entender cómo una mención de respaldo para el buen trabajo, derrotar etiquetas, puede ayudarnos a salvar vidas o a abrir barrotes de una prisión o para enviarle un mensaje a los gobiernos criminales y corruptos.

Por eso creo que ser jurado del Premio Mundial de Prensa Guillermo Cano es una oportunidad vivir, Guillermo Cano, el exdirector de El Espectador que se enfrentó a la narcopolítica en su país y que a cambio el exsenador y narcotraficante Pablo Escobar le arrebató su vida, según recortes de prensa de su país. Para mí ser jurado del Guillermo Cano es además una oportunidad para seguir haciendo periodismo en un país como Honduras donde el narcotráfico no sólo penetró el Congreso Nacional, sino que, a funcionarios, el ejército, la Policía y la presidencia de la República, según la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York.

Guillermo Cano nos sigue iluminando el camino, su voz está más viva y es millones, ser jurado de un premio que lleva su nombre por la lucha que él se atrevió a hacer en el contexto de país y de región en la que vivo, es una mano amiga extendida para levantarnos y ayudarle a nuestros colegas que sufren en todos los rincones del mundo por buscar la verdad.

La experiencia de estos años como jurado me ha enseñado que nos acompañamos, nos apoyamos, aprendemos sobre cómo hacer un mejor ejercicio para develar asuntos públicos, reflexionamos para corregir nuestras equivocaciones y hacer lo mejor por la libertad de prensa y para vencer la censura.

Al mismo tiempo, podemos multiplicar las palabras de las personas galardonadas, convertir en millones de voces la voz de periodistas encarcelados, amenazados o que han sufrido la máxima censura: la muerte, como en el caso del ex director de El Espectador.

Me conmovió profundamente el mensaje de la ganadora del Guillermo Cano de este año, Jineth Bedoya, colombiana que también estuvo en El Espectador, cuando dijo en la conferencia de prensa que otra forma de matar al periodista es la estigmatización.

Coincido con su mensaje y no porque los periodistas seamos figuras importantísimas, sino porque desprestigiando al mensajero, se le resta credibilidad a su mensaje y se sepultan verdades de interés público. Es una forma de censura tan disfrazada, pero muy dolorosa.

Esta noche mientras escudriño más sobre la vida de Guillermo Cano he sentido una mezcla de sentimientos encontrados, me parece que estar en esa sala de El Espectador debió ser una fortuna, con razón salieron plumas tan inspiradoras de espíritus sublimes como la de Felipe Gonzáles Toledo y sus crónicas policiacas.

Da una mezcla de nostalgia y deseos de haber estado ahí, de nacer en esa sala de redacción y a la vez me alegra tanto que haya existido y que haya posibilitado que Gabriel García Márquez haya vivido el periodismo de manera diferente para contar que su destino ha sido al contrario de muchos reporteros de América Latina y en especial de América Central.

En su libro Vivir para Contarla, donde describe a Cano, cuenta cómo un exhibidor de cine, anunciante del periódico El Espectador les acusó en una carta abierta de amedrentar al público para afectar sus intereses. (Como si sus intereses fueran más importantes que el interés público). Los ejecutivos tuvieron una reunión urgente cuando fue difundida esta carta.

Me sorprende ver que García Márquez narra que en ese momento pensó que la sección iba a quedar sepultada, pero no se le cruzó por la mente que lo expulsarían. He oído tantas historias de reporteros de Honduras que, al vivir un episodio como ese, piensan que están inmediatamente despedidos.

En aquel tiempo, la decisión de su periódico fue renunciar a la pauta publicitaria y Guillermo Cano fue más allá respondió al día siguiente al ex anunciante de El Espectador. Era en los años cincuenta. Parece como si fuera una novela con final feliz, pero la trayectoria de Guillermo Cano no deja lugar a dudas.

“Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folklórica de Gustavo Rojas Pinilla”, dice García Márquez en el Relato de un Náufrago. Eso demuestra que la libertad e independencia de los reporteros existía pese a la censura que imponía el Estado. Al contrario de lo que pasa en Honduras donde la orden del gobierno retumba en salas de redacción con demasiados intereses entrecruzados.

Un perfil biográfico del periódico EL Espectador, sobre Guillermo Cano, cuenta que “el gobierno Rojas decidió mantener la censura de prensa que aplicaba para los periódicos y la radio desde noviembre de 1949. Por esta razón, en calidad de director de El Espectador, Guillermo Cano decidió poner en marcha una campaña para recobrar la libertad de expresión en todo el sentido de la palabra, sin que ello significara privilegios para los periodistas”.

“Los gremios del periodismo, en especial el Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), acogieron de inmediato la solicitud de Guillermo Cano y firmaron una declaración conjunta de apoyo. La respuesta del gobierno Rojas fue un decreto del Estado de Sitio a través del cual se anunció que la aplicación de la censura de prensa vigente, en adelante pasaba al Comando General de las Fuerzas Armadas, y que hasta los correctores de pruebas quedaban sujetos a la medida”.

La censura no es un asunto exclusivo de Honduras. Los periodistas de Guatemala sufren en este momento persecución por el gobierno de Alejandro Giammattei que falla en contra de la libertad de prensa; en El Salvador Nayibe Bukele tiene grupos de respuesta para atacar a periodistas que hacer su labor como deben hacerla, en Nicaragua hay periodistas desplazados y en Honduras más de ochenta asesinatos en una década, desplazados, censura sutil diaria, peligro porque no solo se habla de políticos corruptos, sino que además son narcos políticos.

La cuarentena y los estados de sitio en la región han sido otra oportunidad para que los presidentes y su gabinete cometan atentados para censurar a la prensa.

En su comparecencia de prensa, la ganadora del Premio Mundial de este año dijo que en América Central en medio de la conexión entre narcopolítica y gobiernos locales están asesinando a periodistas.

Al celebrar este 3 de mayo el Día Mundial de la Prensa, deseo volver a soñar con una Honduras sin censura para sus periodistas y con una Centro América que pueda avanzar en el respeto a la libertad de prensa.

“La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, como cita la biografía de García Márquez, espero que al final hayamos de vivir y recordar como la libertad salvó nuestras democracias y a nuestras naciones.

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