El centro

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Por Jeanny Chapeta

Escritora y columnista. Divagadora profesional. Gestora de fantasías.

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Yo siempre me he considerado muy parte del centro histórico. Es decir, aquí nací, aquí crecí, estudié, besé, fui e hice feliz y cuando me divorcié, aquí volví. Ya saben. Es esto que dicen que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. No viví su época de gloria, claro. Ese centro, el de fotografías sepia de carritos cuyo claxon suena más o menos al tema de La cucaracha, con el parque central lleno de árboles y vacío de indigentes no es mío. Yo conocí las calles llenas de vendedores con puestos de parales y naylon de techo que se amarraban un paquete de bolsas de gabacha a las trabillas del pantalón para tenerlos a la mano. La sexta convulsa y atravesada de ventas y ladrones en la acera. La sexta de probarse pantalones enrollándoselos por el cuello y de mujeres apenadas viendo a todos lados mientras se tallaban brasieres por encima de las blusas.

La primera vez que me asaltaron fue frente al Paiz de la novena, tomada de la mano de mi abuelita, saliendo del consultorio de mi pediatra. Menos mal ya me había comprado mi cajita feliz y habíamos pasado a la farmacia por mi medicina y mis Tictacs de naranja, que, si no, capaz que le convulsiono o me le desmayo a la pobre. El tiempo pasó y ya siendo adulta leí en alguna parte que arreglarían la sexta avenida, claro, para desalojar a los vendedores y cobrarles lo de su puestito en la Plaza El Amate. Debo confesar que me puse triste. Quién sabe a dónde moverían el puesto del Buki, mi único proveedor de películas confiable por ese entonces.

Dejé de visitar el centro por esa misma incertidumbre.  Sin embargo, cuando volví a vivir en él, lo encontré (al menos la sexta avenida) urbanizado, limpio y sobre todo, caminable. Pasé por lo menos diez años de mi vida recorriendo el centro a pie, en bus, en bicicleta, descubriendo baches, restaurantes, localitos de curiosidades. Me parecía que aunque se saturara como lo hacía, era un lugar al que la gente podía ir a caminar, comerse un helado y volver en alguno de los ejes del  Transmetro sin sentirse preocupado por su seguridad. Me sentía tranquila pasando por allí con mi bici un poco antes de medianoche, al volver del trabajo y saludar a los dos policías que vigilan por el Ministerio de Gobernación y a los otros dos que vigilan el área a esa hora.

Luego vino la pandemia y su ostracismo resultante no me permitió seguir viendo las calles como solía hacerlo. Hace poco he vuelto a salir. No pensaría uno que puede cambiar tanto una ciudad en tan poco tiempo. Quizá y es que yo tampoco soy la misma. Antes no me importaba, por ejemplo, que la gente se apiñara a ver a un hombre que pinta universos con aerosol. Ahora, válgame Dios si siento a alguien a menos de un metro de mí en la cola del supermercado.

Hace unas tardes fui a dar una vuelta y a confirmar que todo lo que amaba ya no existe. El Paiz se volvió una iglesia, muchísimos restaurantes desaparecieron, pusieron un andén inútil de una cuadra al parque. Solo la Patsy parece dormida en el tiempo, con su ruido de vasos tronando en la cocina y el mismo sistema de servir en las mesas de cuando yo era niña. El resto parece haber sido abandonado a propósito.

Vi pasar gente arrastrando cartones, supongo por la hora, preparándose para dormir. De hecho, pasó frente a mí una comitiva en la que el primer hombre llevaba un colchón y otros cuatro o cinco lo seguían con sábanas e implementos de pernoctación con dirección al parque, ante la mirada impasible de los funcionarios que bueno, tampoco es que puedan hacer mucho. Cada vez es más la gente que pide dinero, la gente que deambula por las calles olvidada de sí misma y de la realidad, y veo con creciente alarma las interminables denuncias de robo en las mismas calles, en los mismos cruces, a unas cuadras de una patrulla.

No sé cómo estén viviendo ustedes en donde vivan, pero aquí, en el centro, estábamos en el abismo y dimos un paso adelante. Este es otro lugar que sigue siendo bonito por sus casas, sus parqueos con el piso de diseños setenteros, sus restaurantitos exóticos y los chupaderos clásicos a los que se asoma uno por pura nostalgia. Pero queda un gran agujero de abandono, una ausencia de autoridad tan evidente, que podría tomarle foto, pero no me atrevo. Quizá saco el teléfono y me lo arrebatan, como ya me ha pasado. 

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