Como la maña de pedir fiado

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Por Jeanny Chapeta

Escritora y columnista. Divagadora profesional. Gestora de fantasías.

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Siento que, aunque cada país tiene sus peculiaridades, con nosotros es un poco más difícil de visualizarlas. No somos, por ejemplo, como los mexicanos, que le ponen un sombrero o un bigote a cualquier cosa y se sabe que es mexicano. O las bombillas de mate, que son inequívocamente argentinas.


Ni hablar de las pupusas, que son más salvadoreñas que el deseo de convertir toda su moneda a Bitcoins. Aquí casi no podemos hacer eso. He llegado a la conclusión que por estas latitudes la cosa es un poco más actitudinal y por eso en las manifestaciones lo más que podemos hacer en conjunto es cantar el himno porque de ese sí nos sabemos por lo menos las primeras dos estrofas.

Escucho siempre la frase «más chapín que la maña de pedir fiado» y es un hecho tan real, que se entra a cualquier tienda de barrio y se encuentra con letreros tipo 󠆺 «Hoy no se da fiado, mañana sí» para que ni se moleste uno preguntar. Siempre me ha parecido curioso cómo nos identificamos con cosas que tienen un fondo más bien decepcionante. Hablar del horario chapín para justificar que alguien llega tarde me parece, cuanto menos, horroroso. Y así estamos, llenos de manías, de hechos innegables que nos identifican en la región y que no pasan en otro lugar como lo hacen aquí.

Pensaba en esto hoy que, al ir justamente a la tienda, volví con muchas bolsitas metidas en una bolsa más grande y al querer acomodarlos en la despensa, noté con terrible decepción que tenían hecho el nudo chapín. Porque todos conocemos el nudo chapín. Ese amasijo de vueltas que una vez hecho, para deshacerlo, hay que romper la bolsa. Antes, cuando era más paciente, intentaba meter lapiceros, tenedores o algo cilíndrico en medio de alguno de sus dobleces para aflojarlo y algunas veces acertaba, aunque casi siempre se me rompía la bolsa en ese justo nudito. Digo yo ¿qué necesidad hay de complicar tanto algo tan trivial? ¿No se ahorraría el vendedor tiempo infinito sin hacer tanta pirueta para dejar una bolsa inflada y posteriormente inservible para que transportemos algo que seguramente no se va a dañar en el corto tramo que lleva de su venta a nuestros hogares? Aunque bueno, somos expertos en complicar las cosas de manera innecesaria.

No quiero sonar pesimista. El folklore de estos lugares es incomparable. Salga a caminar. Se va a encontrar a un señor, apostado en la puerta de su casa, en pantaloneta y sin camisa, tratando de rascarse la espalda mientras se balancea con una pierna, porque la otra la tiene ocupada rascándose la pantorrilla. Se va a encontrar con gente que viene rampante, sacándose cera de los oídos con la llave del carro, con gente que se hace a un lado la mascarilla para toser o estornudar, con tres personas bebiendo enfrente de una tienda sin mesa y con barrotes. O si prefiere no salir, asómese a las redes sociales. Se va a encontrar con la maña local de pensar que los motoristas hacen el tráfico.  Las páginas de noticias del tráfico se han vuelto una fuente inagotable de videos o imágenes de gente peleándose con policías de tránsito. También veo que las peleas en lugares que antes se consideraban más o menos intachables están a punto de cambiar el dicho a «más chapín que pelearse en la calle».

Hemos sido educados para tener miedo hasta de ordenar, así que cuando vamos a otros países se asustan si lo oyen a uno pedir cosas al son de «¿será que me puede regalar (inserte el producto que desea comprar)?»

A pesar de todas esas minucias, yo creo que en general como guatemaltecos somos amables, cantaditos para el hablado, damos los buenos días buenas tardes, buenas noches, nos levantamos de comer en un restaurante y decimos buen provecho, y otro comensal con la boca llena nos tiene que responder buen provecho, porque los papás nos educaron para, ante todo, ser presentables.  Así podría seguir infinitamente. Tendremos nuestras cosas, saldrán las señoras a barrer hasta el final de los tiempos para ver qué está pasando en la calle y seremos testigos de los regalos de galletas o jugos a los enfermos y tardes de pan dulce sumergido en tazas de café por siempre. Y está bien, hay que aceptar que así somos, pero, por favor ¿podríamos ponernos todos de acuerdo y olvidar el procedimiento de ejecución del nudo chapín, por el bien de las generaciones venideras?

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