Mercibers: Los implacables herederos de La Voz de la Liberación

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    Por Godo de Medeiros

    Es un periodista, poeta, escritor y narrador guatemalteco, quien ha publicado al menos cuatro libros de cuentos y dos de poesía.

    redaccion@voxpopuliguate.com


    Cuando el espía estadounidense David Atlee Phillips activó la etapa decisiva de la campaña de desinformación para derrocar al gobierno del presidente Jacobo Arbenz probablemente no pensó en que instauraba un negocio perverso que seis décadas después se transformaría en ejércitos de mercenarios cibernéticos (mercibers) que se atrincherarían en los denominados Netcenter.

    Entre mayo y junio de 1954, el medio utilizado para difundir con éxito la serie de mentiras e incitar el odio y la violencia contra izquierdistas comunistas fue la emisora clandestina La Voz de la Liberación, cuyo staff lo integraron, además del citado agente de la CIA, los guatemaltecos José Torón Barrios, Leonel Sisniega Otero y Mario López Villatorosegún diversas fuentes bibliográficas consultadas para la redacción de este artículo.

    A los mercenarios de aquella como de la presente época se les puede perfilar o caracterizar no solamente por operar en la impunidad del anonimato sino por el uso de un mismo método (manipular la percepción de la gente sobre un tema específico e infundir terror previo a desatar una cacería implacable) y en los procedimientos (construir un enemigo, señalarlo, desacreditarlo, atacarlo y colocar el tema del comunismo para justificar el uso de la violencia en el nombre de Dios y de la soberanía nacional).

    En 1954, la radio en Guatemala era lo que hoy las redes sociales para estar al tanto del acontecer diario, de tal suerte que ahora la profesión de periodista ha sido caricaturizada por la irrupción de cientos de periodistas comunicadores que trasiegan mentiras y rumores con el propósito de confundir a la opinión pública en momentos específicos.

    El mercenarismo cibernético, desgraciadamente, se ha convertido en una fuente de trabajo apetecible en un país en el que siete de cada 10 personas en edad de optar a un empleo están sin trabajo.

    Los mercibers, con sus particulares características, son el triste equivalente de los paramilitares y escuadrones de la muerte que operaron con impunidad en Guatemala y en el resto de América Latina durante las dictaduras militares patrocinadas por distintos gobiernos estadounidenses y apoyadas por las elites locales empresariales que irónicamente amasaron fortunas con fondos públicos y leyes confeccionadas al gusto y a la medida de su voracidad.

    El daño que están causando en Guatemala y en otros países debería de preocupar al propio sistema de Naciones Unidas, instancia desde la cual se podría enfrentar esta embestida contra la paz mundial, haciendo un llamado a compañías telefónicas, así como a Meta (antaño Facebook) y Twitter, particularmente, para que regulen la apertura de líneas, cuentas, perfiles o páginas que luego se convierten en trincheras de sicarios y mercenarios cibernéticos (los Netcenter).

    No se trata de limitar la libertad de expresión, sino de combatir al crimen organizado en el llamado ciberespacio.

    Los mercibers son responsables de inducir al suicidio a decenas de personas y constituyen un peligro para las democracias al incitar la polarización, el odio y la violencia. 

    Estos grupos, integrados mayoritariamente por jóvenes excluidos de toda posibilidad de un trabajo decente y por lo tanto de oportunidades para su desarrollo personal y el de sus familias, son inducidos por quienes los contratan a promover la violencia y el odio contra quienes denominan chairos, comunistas izquierdistas, adjetivos bajo los cuales encajan hoy día académicos, campesinos, empresarios, estudiantes, periodistas y promotores de derechos humanos que se oponen a la corrupción e impunidad que caracteriza a la corporación que dirige el Estado.

    Los mercibers también son responsables del desprestigio de la actividad política y del ejercicio de la abogacía con su descarada defensa de quienes utilizan el derecho para manipular leyes y procurar impunidad a quien la puede pagar holgadamente.

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