No fue el acto de un loco ni de un tonto

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    Por Godo de Medeiros

    Es un periodista, poeta, escritor y narrador guatemalteco, quien ha publicado al menos cuatro libros de cuentos y dos de poesía.

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    Cuando en 2018 Jimmy Morales sacó los vehículos militares que Estados Unidos donó para combatir al narcotráfico y los hizo desfilar frente a la sede de la CICIG y de la propia embajada estadounidense para demostrar su disposición a echar mano del Ejercito para expulsar del país a la comisión de Naciones Unidas que luchaba contra las estructuras del crimen organizado, algunos analistas creyeron que se trataba de un acto propio de un loco o de un tonto, pero una entrevista reciente de la periodista Alejandra Álvarez con el embajador de Israel, Mattanya Cohen, nos induce a formular diversas conjeturas respecto de lo que ha venido ocurriendo en Guatemala desde la renuncia de Otto Pérez Molina (cuyo gobierno ponderó el derecho de Palestina a ser reconocida como nación soberana e independiente), hasta el berrinche más reciente de Alejandro Giammattei.

    En 1947, una decisión de Estado del gobierno revolucionario de Juan José Arévalo propició en una asamblea general de Naciones Unidas el reconocimiento de Israel como nación soberana e independiente, aunque Cohen sólo se acuerda del entonces embajador ante ese foro, Jorge García Granados, bisabuelo de un tipo que en nada se le parece llamado Roberto Arzú, el primogénito de los hijos del finado expresidente Álvaro Arzú, autor de la frase «Yo firmé la paz, pero puedo hacer la guerra» que desencadenó un odio nauseabundo del Cacif y sus sirvientes hacia la Cicig, además de la ulterior persecución en contra de operadores de justicia que enfrentaron a las estructuras criminales.

    Cohen asegura que Israel no apoya la lucha contra la corrupción en Guatemala y plantea que lo mejor de las relaciones entre ambos países se ha producido de 2017 a 2022. Es decir, a partir de que Jimmy Morales trasladara la embajada guatemalteca a Jerusalén, una decisión que en todo caso tomó Donald Trump en desobediencia a una resolución de la asamblea general de Naciones Unidas sobre aquella ciudad que se disputan árabes y judíos y como una manera de vengar la aparente intromisión en sus políticas migratorias.

    Jimmy Morales habría pedido a cambio la firma de un tratado de libre comercio que dicho sea de paso ya existía y existe de hecho junto al robusto programa de apoyo que Israel da a Guatemala en armamento y capacitación de fuerzas de elite militares y policiales, así como en la formación de cuadros que a su regreso se insertan en empresas, fincas, sindicatos, partidos políticos y otros espacios de donde el Gobierno acopia información estratégica.

    A nadie sorprende la enorme capacidad táctica de Israel para hacerse con grandes porciones del territorio que alguna vez fue de los palestinos que acogieron con generosidad y compasión a los judíos perseguidos para que tuvieran un lugar en el que resguardarse y echar raíces. 

    Tampoco sorprende la capacidad de los israelíes para aprovechar cada centavo de los centenares de millones de dólares que les proporciona Estados Unidos y con los que lograron convertirse en una potencia capaz de crear las herramientas adecuadas para alcanzar la prosperidad de un pueblo que logró su desarrollo económico y social gracias a un sistema tan parecido al comunismo que privilegió la salud, la educación, las artes y la producción colectiva de alimentos, hasta que los fundamentalistas de extrema derecha tomaron el control y comenzaron a disminuir derechos conquistados sobre el consenso de que toda libertad crece en el huerto de la justicia y la igualdad entre seres humanos. 

    No obstante, los fanáticos que aquel país tiene en Guatemala ponderan su temible arsenal bélico (que incluye armas químicas y biológicas, bombas atómicas y un infalible sistema de contención de ataques aéreos) para infundir temor en quienes simpatizan con el legado de la Cicig y creen que es posible todavía la victoria de la honradez y la justicia sobre la corrupción y la impunidad.

    Israel, tanto como Estados Unidos, no tiene amigos sino intereses (aunque el embajador Cohen se refiera a Guatemala como «el mejor amigo de Israel en Latinoamérica»). En 1947, un gobierno de izquierda como el de Arévalo ayudó a Israel a convertirse en Estado. Años más tarde, Israel entrenó y proveyó armamento a la extrema derecha que había derrocado al gobierno sucesor de Arévalo y que hoy día mantiene al país en el subdesarrollo más vergonzoso de América Latina. Como Estados Unidos, Israel no respeta las resoluciones de las Naciones Unidas, la organización gracias a la cual existe como país independiente y soberano.

    Piensa mal y acertarás, dice una máxima atribuida a Maquiavelo.

    Y en esa lógica, cualquiera pensará ahora que con qué razón Jimmy Morales trotaba de guapo creyéndose el caballo consentido de Bonaparte y Consuelo Porras se daba el lujo de escupir a la cara al gobierno de Estados Unidos diciéndole que el Ministerio Público no necesita de su apoyo. Y con qué razón Alejandro Giammattei se siente la mujer preferida de Ramsés II al exigirle a Estados Unidos que deje de estar metiéndose en los asuntos internos de Guatemala, él y otros políticos cacarean su hipócrita discurso provida construido por los dirigentes pentecostales que han ido a prepararse a Israel.

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